Nadakedecir*
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jueves 6 de marzo de 2003
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Un papel doblado en el bolsillo tenía todas la anotaciones, muchas de ellas estaban allí desde hace más de un año, sin poder decidirse a anularlas o a ponerlas en práctica.
Muchas veces las soluciones salían de ese papel, y otras veces sucedía que iba arrastrando esas anotaciones sin poder resolverse a ignorarlas o desecharlas para siempre.
Un día de especial revuelo ese papel con toda esa memoria desapareció, se perdió.
Buscarlo, lamentarlo, echarlo de menos, desesperar, sufrir por la pérdida, nada de eso.
Porque perdiendo ese papel se sentía como si hubiera perdido suavemente algo de su memoria, y eso era algo así como una forma de empezar de nuevo sin tanto equipaje.
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Profesionales de lo que sea, en el ámbito de sus respectivas maestrías, deben afrontar los mismos problemas que el resto de las personas.
Abogados con problemas legales personales, médicos con enfermedades, astrólogos que no pueden evitar su destino, y religiosos que no son favorecidos especialmente por Dios.
Saber algo mejor que el otro en lo que sea parece ser una ventaja y no funciona de verdad como ventaja.
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Gente que se dedica a la política y al manejo de los negocios del estado debiera conocer la materia de su actuación mejor que nadie, y sin embargo, ellos tampoco son inmunes a los problemas generales, y corren la suerte del resto en cierto modo, con las adaptaciones del caso.
Sus vidas, las de sus allegados, estarán afectadas por las condiciones en las que quede el país víctima o beneficiario de sus actos de gobierno.
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Hay un velo, una nube de algodón que rodea a ese hombre cuando siente las palabras dirigidas a él, y capta o cree captar ese mensaje, aunque no es capaz de responder en forma convincente a ninguna pregunta sobre el tema que le estuvo contando su interlocutor, lo que pone en evidencia de inmediato su lejanía, la distancia real a la que se encuentra de esa persona que habla.
Así, a ese hombre que conversaba por teléfono con su madre anciana, se lo escuchaba muy atento a lo que la señora le decía, contestando los monosílabos usuales en una charla de ese tipo, hasta que de pronto expresó:
- ¡no me digas!
Cuando al colgar el teléfono los que estaban allí le preguntaron qué le había dicho la madre para que él dijera eso, él dijo que no tenía la menor idea, y que le había dicho a ella que no le dijera.
Y eso sería todo. Saludos cordiales.
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